Cuando recién los motores de combustión interna empezaron a surgir, estos enfrentaban el crítico problema de la detonación prematura o knocking. Este fenómeno, causado por la autoignición del combustible antes de tiempo, reducía la eficiencia y dañaba el motor.

En 1921, el ingeniero Thomas Midgley Jr., trabajando para General Motors, descubrió que una pequeña cantidad de tetraetilo de plomo (TEL) eliminaba casi por completo la detonación. Su efecto fue tan poderoso que permitió aumentar la relación de compresión y, con ello, mejorar la potencia y el rendimiento de los motores. Durante 40 años el plomo se convirtió en el aditivo universal. Autos, motos, aviones y en general todo sistema que se aprovechara de un motor a combustión para su funcionamiento se vio beneficiado de sus bondades. Sin embargo, la prosperidad técnica vino acompañada de un costo silencioso: en la década del 60 se descubrió la alta toxicidad de este compuesto, el cual fue rápidamente eliminado de la ecuación.

Entre 1970 y 1990, el movimiento ambientalista y la creación de agencias como la EPA (Estados Unidos, 1970) impulsaron una revolución: el desarrollo de combustibles sin plomo. En este contexto, los laboratorios comenzaron a investigar el reemplazo del plomo, por lo que se incursionó en otro metal pesado: Manganeso – MMT (Metilciclopentadienil manganeso tricarbonilo), el cual se encuentra aún en algunas grandes marcas, pero es controversial por su potencial de toxicidad y depósitos en el motor o catalizador. Por ello, si bien es permitido en algunos países, está regulado y prohibido en otros (como es el caso de los países de la Unión Europea).

El verdadero reemplazo del plomo surgió con el descubrimiento de las sustancias oxigenadoras como el MTBE (metil-terc-butil éter) y el etanol, que no solo aumentaban el octanaje, sino que también favorecían una combustión más limpia al introducir oxígeno adicional en la mezcla, reduciendo el monóxido de carbono y el hollín.

A partir de la tecnología del MTBE se desarrollaron moléculas similares como el ETBE (etil tert-butil éter) y el TAME (terciario amil metil éter), los cuales mejoraron la eficiencia del quemado y aumentaron el octanaje sin comprometer directamente el medio ambiente.

En la última década, la ingeniería de combustibles se ha refinado con aditivos multicomponentes, que combinan aromáticos (tolueno, xilenos), éteres oxigenados y metales organometálicos seguros como el ferroceno o MMT en microdosis controladas. Sin embargo, estos deben ser dosificados con alta precisión, ya que pueden dejar residuos férricos y, en exceso, resultar tóxicos en sus emisiones.

beMobe se ubica tecnológicamente dentro de los nuevos boosters de octanaje, los cuales apuntan al desarrollo de combustibles sintéticos y aditivos inteligentes, capaces de ajustar su comportamiento según las condiciones del motor. Estos se diseñan con enfoque científico: optimizan la velocidad de llama, estabilizan la combustión y mantienen limpios los inyectores, ofreciendo rendimiento de competición sin comprometer la durabilidad del motor ni el medio ambiente.